
- No te embales.
-¿Con qué chicos cuento?
-Tienes a Melgarejo y Moyano.
- Entonces, lo comido por lo servido.
- ¿Algo más?
Repasé mentalmente el protocolo por si había pasado algo o alguien por alto. Para pensar mejor encendí otro pitillo…
——
-Ah, una última cosa (dijo Valdiós).
-Sí, mi comisario.
- En la esteticiene está de turno Carla. Ya lo siento. Llámame mañana para darme parte.
Y colgó.
Carla Giner era doctora en el Anatómico Forense y la esteticiene el nombre que empleábamos nosotros, en nuestra excelsa delicadeza, para referirnos al mismo.
Pero sobre todas las cosas, destacaba el hecho de que Carla era mi mujer.
Bueno lo había sido. Llevábamos un año separados por desgracia para mí. Había sido capaz de enamorar a la mujer más increíble que nunca me pasaría cerca y con la misma habilidad lo jodí todo. Tener habilidades adquiridas lo llaman ahora.
Llame a Mosquero mientras me vestía tras una ducha rápida que no terminó de quitarme la modorra. Estábamos en otoño avanzado por lo que me puse un suéter de cuello alto bajo la chaqueta forrada impermeable. Estaba haciendo frío de verdad en las últimas noches y no era cuestión de pillar un resfriado por cortesía del comisario.
El teléfono alcanzo a rozar el segundo timbrazo cuando tuve a mi segundo al otro lado de la línea.
——
-¿Roberto?
-¿Quién habla?
-Soy de Lorenzo. Siento llamarte a estas horas, pero tenemos curro.
En el auricular escuchaba de fondo una música apagada, por lo que supuse que Mosquero había encontrado algo mejor que hacer que dormir a aquellas horas.
——
-¿De que se trata?
- Pensé que te habrías enterado ya. Tenemos un ahogado bastante rarito, en la oliva. Por cierto ¿Dónde estás metido?
-En el puti de la Anselma. Al final me he animado a venir para hablar con las niñas acerca del asunto de los rusos. Algo sacaremos, o eso creo.
- Nunca paras ¿eh?
-¿Con qué chicos cuento?
-Tienes a Melgarejo y Moyano.
- Entonces, lo comido por lo servido.
- ¿Algo más?
Repasé mentalmente el protocolo por si había pasado algo o alguien por alto. Para pensar mejor encendí otro pitillo…
——
-Ah, una última cosa (dijo Valdiós).
-Sí, mi comisario.
- En la esteticiene está de turno Carla. Ya lo siento. Llámame mañana para darme parte.
Y colgó.
Carla Giner era doctora en el Anatómico Forense y la esteticiene el nombre que empleábamos nosotros, en nuestra excelsa delicadeza, para referirnos al mismo.
Pero sobre todas las cosas, destacaba el hecho de que Carla era mi mujer.
Bueno lo había sido. Llevábamos un año separados por desgracia para mí. Había sido capaz de enamorar a la mujer más increíble que nunca me pasaría cerca y con la misma habilidad lo jodí todo. Tener habilidades adquiridas lo llaman ahora.
Llame a Mosquero mientras me vestía tras una ducha rápida que no terminó de quitarme la modorra. Estábamos en otoño avanzado por lo que me puse un suéter de cuello alto bajo la chaqueta forrada impermeable. Estaba haciendo frío de verdad en las últimas noches y no era cuestión de pillar un resfriado por cortesía del comisario.
El teléfono alcanzo a rozar el segundo timbrazo cuando tuve a mi segundo al otro lado de la línea.
——
-¿Roberto?
-¿Quién habla?
-Soy de Lorenzo. Siento llamarte a estas horas, pero tenemos curro.
En el auricular escuchaba de fondo una música apagada, por lo que supuse que Mosquero había encontrado algo mejor que hacer que dormir a aquellas horas.
——
-¿De que se trata?
- Pensé que te habrías enterado ya. Tenemos un ahogado bastante rarito, en la oliva. Por cierto ¿Dónde estás metido?
-En el puti de la Anselma. Al final me he animado a venir para hablar con las niñas acerca del asunto de los rusos. Algo sacaremos, o eso creo.
- Nunca paras ¿eh?
- Jefe, me han llamado tres veces esta semana. No he podido decirles otra vez que estábamos en ello. Es lo que toca.
-Bueno, pues dale un besito a las chicas de mi parte, paga lo consumido y vete para la playa, que esto me lo quiero quitar pronto. Nos vemos allí y calibramos si es necesario llamar al resto o se puede levantar al muerto a pulso.
-Vale, pues nos vemos allí. A sus órdenes.
-Hasta ahora, gracias.
No tenía ganas de llamar a la Sala, al centro de emergencias de guardia, para saber si habían enviado algún vehículo zeta a la zona para acordonarla. Supuse que mis compañeros habrían hecho bien su trabajo y no nos encontraríamos la escena rodeada de turistas a la búsqueda de su ración de morbo.
Ya en el coche me encerré en mis pensamientos. Pugnando por el deseo y el miedo que, a la vez, me producía la posibilidad de llamar a Carla para recoger el fiambre. Sabía que el juez de guardia, al que disfrutaría levantando del jergón en pocos minutos, la terminaría convocando a la fiesta.
Aquello olía a asunto jodido, por mucho que yo quisiera convencerme de lo contrario. Pero, ahora pasado todo, no me doy cuenta de cuan poco mienten las la primeras impresiones.
Mientras conducía despacio y en silencio por las calles vacías de la ciudad iba ordenando los datos que me había facilitado el comisario. Intenté ponerme en la situación de la persona cuyo cuerpo sin vida iba a ver en breve. Quise imaginarme cómo sería morir respirando un flujo constante de agua salada, agonizar mientras la luz desaparece tras el espeso muro del agua amenazante.
Me estremecí.
Enfile el coche hacía el camino de rocas artificiales que marcaban el espigón recortado contra un cielo sin luna y entonces capté la primera señal desagradable. La señal que daba al traste con mis ganas de dormir, mi día de libranza y mis cavilaciones solitarias.
Cerca de donde el mar se libraba de la prisión del espigón, en la zona más alejada de la tierra firme, violando la tersa oscuridad que emergía de las olas, se alzaba un foco de luz producido por las lámparas del equipo de la científica.
Poco después intuí en la oscuridad el coche aparcado de Mosquero, que ya había llegado e imaginé el olor a colonia barata que lo inundaría por dentro. Casi al final del espigón aparque junto a la siniestra furgoneta de Caballero y el equipo de la científica, con sus letras de tipografía americana destacando en el lateral.
Supuse que, por ahorrarme una llamada desagradable, tendría que cobrar la bronca por llegar el último.
Abrí el maletero mientras el frío de la noche comenzaba a darme el primer parte de hechos. Todo cuenta. Tras veinte años en homicidios el mundo de las sensaciones ya ha comido demasiado terreno al de las certezas como para volver atrás.
-Bueno, pues dale un besito a las chicas de mi parte, paga lo consumido y vete para la playa, que esto me lo quiero quitar pronto. Nos vemos allí y calibramos si es necesario llamar al resto o se puede levantar al muerto a pulso.
-Vale, pues nos vemos allí. A sus órdenes.
-Hasta ahora, gracias.
No tenía ganas de llamar a la Sala, al centro de emergencias de guardia, para saber si habían enviado algún vehículo zeta a la zona para acordonarla. Supuse que mis compañeros habrían hecho bien su trabajo y no nos encontraríamos la escena rodeada de turistas a la búsqueda de su ración de morbo.
Ya en el coche me encerré en mis pensamientos. Pugnando por el deseo y el miedo que, a la vez, me producía la posibilidad de llamar a Carla para recoger el fiambre. Sabía que el juez de guardia, al que disfrutaría levantando del jergón en pocos minutos, la terminaría convocando a la fiesta.
Aquello olía a asunto jodido, por mucho que yo quisiera convencerme de lo contrario. Pero, ahora pasado todo, no me doy cuenta de cuan poco mienten las la primeras impresiones.
Mientras conducía despacio y en silencio por las calles vacías de la ciudad iba ordenando los datos que me había facilitado el comisario. Intenté ponerme en la situación de la persona cuyo cuerpo sin vida iba a ver en breve. Quise imaginarme cómo sería morir respirando un flujo constante de agua salada, agonizar mientras la luz desaparece tras el espeso muro del agua amenazante.
Me estremecí.
Enfile el coche hacía el camino de rocas artificiales que marcaban el espigón recortado contra un cielo sin luna y entonces capté la primera señal desagradable. La señal que daba al traste con mis ganas de dormir, mi día de libranza y mis cavilaciones solitarias.
Cerca de donde el mar se libraba de la prisión del espigón, en la zona más alejada de la tierra firme, violando la tersa oscuridad que emergía de las olas, se alzaba un foco de luz producido por las lámparas del equipo de la científica.
Poco después intuí en la oscuridad el coche aparcado de Mosquero, que ya había llegado e imaginé el olor a colonia barata que lo inundaría por dentro. Casi al final del espigón aparque junto a la siniestra furgoneta de Caballero y el equipo de la científica, con sus letras de tipografía americana destacando en el lateral.
Supuse que, por ahorrarme una llamada desagradable, tendría que cobrar la bronca por llegar el último.
Abrí el maletero mientras el frío de la noche comenzaba a darme el primer parte de hechos. Todo cuenta. Tras veinte años en homicidios el mundo de las sensaciones ya ha comido demasiado terreno al de las certezas como para volver atrás.




